Charcas San Luis Potosi Una Ciudad con Tradiciónes

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El nombre de “Santa María de las Charcas” que los españoles impusieron al mineral fue en honor de la “Virgen María” y “Charcas” es en referencia a la región minera que se encuentra al norte de Sucre en Bolivia. Esta región llegó a ser una intendencia muy importante pues su jurisdicción abarcó una parte del norte de Argentina y otra de Uruguay, destacándose esta región por su riqueza.

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Los Minerales de cerro de San Pedro estaban en auge y como llegaban muchos buscadores de oro, el comercio era próspero. Las autoridades dispusieron el arreglo de dos principales corrientes, una de ellas venía por el suroeste y formaba permanentemente lo que se llamaba Los Charcos de Santana.

Por aquellos tiempos llegó a San Luis una bella mujer, se decía que procedente del Real de Charcas, a quien sus padres habían querido educar en la mejor escuela del lugar; que era de muy buenos modales; Dada su singular belleza y su bien formada educación, pronto fue cortejada por muchos galanes, de tal suerte que pronto contrajo matrimonio con el hijo de un próspero minero. No obstante su nuevo estado, seguía siendo cortejada por hombre4s que no dejaban de admirar su belleza, y así un día cedió a las propuestas de un apuesto galán. Cuando el esposo se enteró quiso vengar su afrenta y con este propósito llegó a su casa en el momento en que se encontraban juntos los amantes, pero ella en un momento decisivo mató a su esposo y al amante deshaciéndose de los dos. Huyendo de la justicia llegó a San Luis donde se dedico a la vida galante. Poco tiempo después le nacieron dos bellos gemelitos, que ella cuidó con esmero hasta la edad de un año, tiempo en que se dio cuenta que mucho le estorbaban y en mas de una ocasión pensó en deshacerse de los pequeños. Por fin un día en que el calor era sofocante, se fue a bañar a los Charcos de Santana llevando consigo a los dos niños; una vez dentro del agua los soltó, llevándoselos la corriente, inmediatamente se arrepintió y quiso salvarlos pero ya no le fue posible y ella misma estuvo a punto de ahogarse; gritaba pidiendo salvaran a sus hijos, pero sólo pudieron salvarle a ella, a quien sin sentido se la llevaron al Hospital. Cuando volvió en sí pedía a gritos, desesperada, como loca, le salvaran a sus hijos; por fin, ya restablecida se pasó el resto de su vida buscando en los Charcos de Santana, en las corrientes, en el río de Santiago adonde desembocaban todas las corrientes de San Luis, siempre buscando a sus hijos, culpándose de haberlos ahogado. Esto dice la historia y la leyenda sigue. La leyenda de La Llorona es de tradición nacional; forma parte de nuestro folclore y tanto en México, Capital de la República, como en casi todas las provincias del país, tienen una versión particular de esta leyenda. Con frecuencia los hecho de este personaje se desarrollan en las cercanías de un río, o de una laguna, o en un día de lluvia; El caso es que siempre hay agua de por medio. Esta llorona difiere de las demás en algunos aspectos, por eso es nuestra llorona potosina. Por calles estrechas de la ciudad, aparecía una mujer con albo vestido y manto; al caminar dejaba una estela que emanaba reflejos luminosos. Deambulaba generalmente después de las doce de la noche, aunque no siempre como fantasma, porque cuando se dejaba ver, normalmente tenía todo el aspecto de una persona común y corriente, si bien no era casual que una dama caminara sola a esas horas. Los Caballeros noctámbulos la saludaban y ella contestaba con gracia, siguiendo apresurada su camino. Dicen los que dicen que conocieron a los que dicen haber hablado con los que la conocieron, que tenía un rostro hermoso y melancólico. 

 

Tiempo después de que pasaron ciertos acontecimientos que diremos en el curso de esta narración, se llegó a la conclusión de que ella era una persona conocida en ciertos círculos sociales con el nombre de Lucía, ya que de día visitaba a personas amigas que ignoraban que fuese la llorona. Ocurría la coincidencia de que siempre que esta mujer paseaba por las calles hacía el río Santiago en las orillas de la ciudad, se oía el prolongado y lastimero grito ¡Aaaaaayyy mis hijos...!!! Una y otra vez. Al día siguiente la gente comentaba: "Que cosa más curiosa y más casual, anoche encontré por una estrecha calle del rumbo de Santiago a Lucía y al perderla de vista escuché un llanto semejante al que dicen que hace la Llorona". Y otras personas comentaban: "Yo también escuché un lamento", "yo también..." Esto sucedía con bastante frecuencia. Cierta vez en la que se organizó una tertulia en la casa de la familia Zarsosa donde se habían reunido varias amistades, estaba también Lucía; se veía contenta, hasta risueña, no obstante algo extraño reflejaba su rostro, algo como una preocupación o un lejano recuerdo que la entristecía. Iba sola, como siempre asistía a cualquier lugar; no se le conocía pariente alguno, vivía sola en una casita en los aledaños del Barrio de Santiago, al norte de la ciudad, muy cerca del río del mismo nombre. Nunca se supo el origen de Lucía; era una mujer joven y bella, envuelta en un halo de misterio; ella nunca habló de su procedencia, tal vez porque nadie se lo preguntó. Eran loas doce de la noche, muy tarde para aquellos tiempos en que la gente acostumbraba recogerse temprano, quizá porque las calles no estaban iluminadas como ahora y la vida era lenta y tranquila. Lucía se despidió de las personas reunidas de la tertulia. No bien había salido de la casa cuando se dejó oír un lamento largo, tenebroso, clamando por sus hijos, todos los que permanecieron en la casa referida quedaron como petrificados, paralizados por el terror; hubo un largo silencio. Cuando pasó el pánico y volvió la tranquilidad, algunos comentaron: "Y la pobre de Lucía se fue sola"... Alguien dijo en tono de broma: "¿No será ella misma la llorona?" Todos se rieron porque el chiste les causó gracia, menos una mujer que tenía dotes de clarividencia y que ya había notado en Lucía algo extraño, algo que la hacía sentir como que no perteneciera a este mundo, que aquí estaba para purgar una pena. La clarividente sabía que Lucía bien podía ser la mismísima Llorona. Una noche cerrada, en que no brillaban las estrellas, una de esas noches en que el frío es intenso y la lluvia pertinaz, asistió Lucía a una de esas acostumbradas tertulias provincianas, amenizada con piezas de violín, piano, cantos; nutrida con exquisitas viandas y endulzada con variados postres. Un elegante joven, ataviado con traje de fina procedencia inglesa, vio a Lucía por primera vez y quedo impresionado ante su extraña belleza, cuyo rostro resaltaba emergiendo de un ropaje coloreado en varias tonalidades de azul cobalto envuelto en una capa tornasol bordada con perlas. El joven elegante miraba extasiado aquella belleza etérea. Llegó el momento en que Lucía debía retirarse, él se ofreció para acompañarla a su domicilio, a lo cual accedió ella después de insistentes ruegos tanto del joven como de los anfitriones. Subieron al coche tirado por un caballo y tras de caminar un rato, cuando se oyeron sonar a lo lejos las doce campanadas, Lucía dijo de repente: "Aquí me bajo, alguien me espera", y sin hacer parar el coche bajó de él y tendió un vuelo tenue, con su vestido luminoso, casi pegado el suelo. Enseguida se escuchó el grito lastimero: "aaaaayyyyy mis hiiiijjjoooosss...!"... que se perdió en la distancia, en medio de la lluvia nocturna. El joven quedó paralizado de miedo, después dio un fuerte chicotazo al corcel y a carrera tendida se alejó de ese lugar. Contó a todos lo acontecido, unos le creyeron, otros no, pero la verdad es que Lucía jamás volvió a aparecer por ningún lado. Sin embargo, hay quienes aseguran que todavía hoy han oído el triste lamento de la Llorona Potosina (Charquense).